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MENSAJES DEL PASTOR


JUNTO A MARÍA


Monseñor Marcos Pérez Caicedo Arzobispo de Cuenca



Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo. José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto.

Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa. (Mt. 1, 18-24)

En este último domingo de Adviento, acerquémonos a la Virgen María y dejemos que nos cuente su experiencia de madre. Ella mejor que nadie conoció a Jesús desde que lo concibió, su nacimiento e infancia, los años de vida pública, los duros momentos de la cruz, del dolor y la muerte y el triunfo de la resurrección.

Conocer de María los acontecimientos relacionados con el nacimiento nos ayudan a comprender que desde su concepción Jesús es verdaderamente Hombre e Hijo de Dios: Hombre verdadero y Dios verdadero. Nos imaginamos a los Apóstoles escuchando de labios de María estos relatos que dan sentido cristiano a las fiestas navideñas. Mateo recoge las apariciones del ángel a José, Lucas refiere el momento de la anunciación a la Virgen. Desde el principio la Iglesia ha creído que estos relatos encierran una verdad esencial para nuestra fe: Jesús es el Hijo de Dios, María lo concibió de modo sobrenatural y respondió con toda la fe que llevaba en su corazón, poniéndose totalmente al servicio de la voluntad de Dios.

Las páginas del Evangelio de la anunciación y el nacimiento no solo exaltan la fe de María y la obediencia de José, son ante todo la revelación del Mesías como nuestro Salvador. Estas escenas terminan con el SÍ de María y José, con la alegría humilde de los siervos, gozosos de poder colaborar con su Señor en la gran obra de su misericordia.

Imitemos hoy a los Apóstoles y, con ellos, acerquémonos a nuestra Madre, a sus pies, como niños, y dejemos que ella nos cuente como fue su experiencia de fe y amor. Que nos diga cómo debemos prepararnos para recibir al Niño Jesús. A ese niñito que, en medio de la indigencia, nos descubre la grandeza del amor de Dios y su identificación con los pobres. A ese pequeño que, entre cantos y bailes, recorre nuestras calles para bendecirnos e invítanos a acoger al hermano pobre y desamparado.


 
       
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