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MENSAJES DEL PASTOR


NUESTRAS FAMILIAS


+ Marcos Pérez Caicedo Arzobispo de Cuenca



Decimos que la familia es la “iglesia doméstica”, y no estamos equivocados, porque en la familia estamos llamados a adorar a Dios, a tenerlo presente en el centro de nuestras actividades y a vivir el mandamiento del amor.
La familia que adora a Dios no se contenta con invocarlo de vez en cuando, reza todos los días con sincera confianza y se pone en sus manos providentes.
Pero ¿cómo se hace la oración familiar? Hay que rezar con humildad, delante de Dios. En la familia cada uno se deja ver del Señor y le pide su bondad, que venga a nosotros. Hay familias que dicen no encontrar el momento oportuno para hacerlo, solo hay tiempo para la diversión, reina el individualismo, hay poco diálogo, les falta tranquilidad y espacio. Es verdad que hoy estamos ocupados en tantas cosas, pero es también cuestión de humildad, debemos reconocer que todos tenemos necesidad de Dios. Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón.
El Papa Francisco les decía a los esposos que “para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el Padrenuestro, alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración” (Jubileo de las familias).
La familia está llamada a conservar la fe recibida. Esto significa que debemos vivirla a plenitud y compartirla con el testimonio, con la acogida, con la apertura hacia los demás. Toda familia debe llegar a ser escuela de misericordia y de misión. Así, con total apertura y generosidad, se convertirá también en cuna de vocaciones sacerdotes y religiosas.
Las familias católicas son alegres. La verdadera alegría que se disfruta en familia no es algo superficial, no viene de la acumulación de bienes materiales, de las situaciones favorables; la verdadera alegría viene de la unión profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida. La unidad nos lleva a la solidaridad, a buscar el bien del otro.
En este sentimiento de alegría profunda está la presencia de Dios, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos.
En la familia crecemos en la virtud de la paciencia que nos ayuda a aceptar nuestras diferencias y apoyarnos. Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía y se apaga la alegría. Cuando nos irritemos fácilmente con los demás, pensemos en la infinita paciencia que Dios nos tiene.
Al rezar por las familias no olvidemos que nuestra parroquia es una familia y nuestra arquidiócesis es también una familia. En estas grandes familias vivamos las virtudes que descubrimos en toda familia creyente: la oración, la humildad y la unidad, la sencillez y la paciencia, la pasión misionera, la alegría, la solidaridad y la misericordia.


 
       
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