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MENSAJES DEL PASTOR


NUESTROS ABUELITOS


+ Marcos Pérez Caicedo Arzobispo de Cuenca



En el seno familiar ocupan un lugar especial nuestros abuelitos. Ellos son ejemplo de ternura, paciencia y piedad. En una bella oración, compuesta por Benedicto XVI, pidiendo por los abuelos, se nos recuerda su importancia y la gratitud que debemos guardarles. Dice la oración:
“Señor, protégelos porque son fuente de enriquecimiento para la familia, la Iglesia y la sociedad”. No podemos verlos como un estorbo. Su experiencia y sabias palabras son luz y guía en medio de este mundo lleno de confusiones.
“Que cuando envejezcan sigan siendo para sus familias pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales, hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas”. Cuántos de nosotros podemos decir que les debemos la piedad a nuestros abuelitos. Ellos nos enseñaron a rezar, a invocar a Jesús y a María. La riqueza de las tradiciones nos viene de sus labios. A la vez, tenemos el grato deber de conservar ese patrimonio para llevarlo a otros.
“Haz, Señor, que sean maestros de sabiduría y valentía, que transmitan a generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual”. Ellos no pueden renunciar a la misión que Dios les ha encomendado en la familia. A pesar de las dificultades y la aparente apatía de los hijos y nietos, deben seguir sembrado la buena semilla con sus consejos y ejemplos.
“Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad a valorar la presencia y el papel de los abuelos. Qué jamás sean ignorados o excluidos, sino que siempre encuentren respeto y amor”. No podemos caer en la ideología egoísta de una sociedad que desecha a los ancianos y enfermos. La cultura del descarte no puede conquistarnos, al contrario, debemos vencerla valorando la dignidad de las personas, especialmente de los más débiles.
“Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos durante todos los años de vida que les concedas”. Que sientan el cariño y respeto de los suyos. Que aprendamos a descubrir en ellos la ternura y la cercanía de Dios.
Ahora, cuando la familia es duramente atacada, hemos de guardar con fortaleza ese patrimonio recibido de nuestros mayores, que también debemos enriquecer con nuestro buen comportamiento y con nuestra fe católica.
Dios no puede ser el gran ausente en el hogar. Tenemos que invocarlo con las sencillas oraciones que conocemos desde pequeños y con las plegarias espontaneas que salen del corazón. Rezar en pareja, con los hijos y abuelos fortalece la unidad familiar. Sería raro que en un hogar cristiano no se invocara a Dios y que los hijos dejaran de pedir la bendición a sus padres. Los padres que saben rezar por los hijos descubren más rápido cómo llegar a entenderlos.


 
       
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