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MENSAJES DEL PASTOR


ANTE LOS ABUSOS DE MINISTROS DE LA IGLESIA (Parte II)


+ Marcos Pérez Caicedo Arzobispo de Cuenca



La experiencia de hechos lamentables como el abuso de menores, nos compromete a poner mayor énfasis a la formación sacerdotal. En la Exhortación Apostólica sobre la formación clerical, Pastores Dabo Vobis (1992), San Juan Pablo II definió la formación humana como la “base necesaria” de toda formación sacerdotal, que deberá capacitar para una vida sacerdotal saludable y casta.
En el mundo hemos sido testigo de la angustia y la vergüenza de las víctimas, de los clérigos abusadores y de todo el pueblo de Dios, que se ha visto conmocionado por esta terrible tragedia. El Papa Benedicto XVI dijo que teníamos que “Acoger esta humillación como una exhortación a la verdad y una llamada a la renovación. Solamente la verdad salva. Hemos de preguntarnos qué podemos hacer para reparar lo más posible la injusticia cometida. Hemos de preguntarnos qué había de equivocado en nuestro anuncio, en todo nuestro modo de configurar el ser cristiano, de forma que algo así pudiera suceder. Hemos de hallar una nueva determinación en la fe y en el bien. Hemos de ser capaces de penitencia. Debemos es forzarnos por hacer todo lo posible en la preparación para el sacerdocio, para que algo semejante no vuelva a suceder jamás” (Discurso a la Curia Romana, 20 de diciembre de 2006).

Estos días, el debate público se ha exacerbado e intensificado a través los medios de comunicación y redes sociales. El escándalo se ha convertido en noticia de primer orden. Ante tantos ataques, no tiene sentido arremeter contra los medios de comunicación o condenar a la opinión pública. Se trata más bien de adoptar una postura de forma abierta y persuasiva a través de una acción ejemplar, de conversaciones y aclaraciones. Apertura, transparencia y veracidad son, por tanto, insustituibles. Las declaraciones oficiales y los comentarios públicos de la Iglesia han de ser siempre veraces. Además, por encima de todo, la Iglesia debe ser la primera interesada en hacer justicia y desterrar completamente este mal, reconociendo incluso eventuales culpas y negligencias.

Esperamos de todo corazón aprender a responder cada vez mejor a los hechos de abusos. Los papas, desde Juan Pablo II a Francisco, así lo exigen y la legislación eclesial al respecto es severa y decisiva. Tenemos que convertirnos en la voz de tantos niños y niñas que han sido objeto de abusos. Debemos estar al lado de todos aquellos que han sido heridos y han sufrido. Tenemos que quebrarnos de dolor sincero y actuar decididamente en favor de las víctimas. Los más débiles deben ser los preferentemente atendidos. Y los culpables, castigados con decisión y según la gravedad de estos delitos. Esperemos así que, un día, las víctimas de abuso sexual en su infancia nos miren, no como a enemigos, sino – como debe ser – como a sus defensores y amigos.


 
       
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